Jazz, Ficción y Tecnología: El Imaginario Sonoro Moderno

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La revolución artística que dio la bienvenida a un siglo de intensa exploración sensorial concentró su potencial en el descubrimiento de percepciones alternativas del color y de la forma. La profundidad, el contraste entre luz y sombra y la corporeidad ahora entran en diálogo con la diversidad neuroplástica. La estética no resuena únicamente con la construcción social del individuo sino con su procesamiento interno del estímulo. En aras de comprender este pluralismo y versatilidad, artistas emprendieron travesías transoceánicas hacia terrenos donde la expresión se interconectaba en una red de resignificación. La apreciación de lo foráneo se revalúa, pero desde lo foráneo, lo doméstico también adquiere una nueva consideración. Maurice Ravel realiza una inmersión en las sonoridades del jazz ya no desde su circulación global, sino desde el contacto directo con su entorno de origen, mientras que George Gershwin, en su paso por Europa y la motivación de “elevar” su profesión como compositor, comprende que su singularidad radica precisamente en la afirmación de un lenguaje musical estadounidense.

Andrew Grams

Los días 12, 13 y 14 de marzo, la Nashville Symphony Orchestra ofreció nuevamente un programa heterocrónico en el que la forma canónica se deconstruye en su esencia y difusión. El director invitado Andrew Grams encarnó el rol de analizador del espectro tímbrico de cada pieza musical. Cuidó cada detalle quirúrgicamente para asegurar su sentido dentro del discurso musical. Es precisamente la amplia paleta sonora uno de los principales aciertos en la selección del repertorio. El dominio del color en cada obra trasciende la combinación monofónica o la presencia de instrumentos no convencionales, para incorporar en la mezcla articulaciones casi imperceptibles que imprimen una sensación de profunda naturalidad. Este tratamiento se expande hacia la construcción de un paisaje sonoro urbano que sitúa a la audiencia en una época de acelerada transformación tecnológica, donde el pulso de la metrópolis es también poesía. Tan Dun reconoce a la musa de Internet Symphony entre la algarabía de las grandes ciudades. Unos frenos de tambor almacenados en el garaje fueron paradójicamente el medio que impulsó el recorrido por el sustrato motívico de su obra. Dentro del set de percusión aparecen suspendidos tres frenos que emiten las notas do, la y mi. Además de ser el eje de la sinfonía, visualmente son artefactos de gran atractivo en el escenario; por tanto, me hubiera parecido conveniente orientarlos frontalmente hacia el público. La marimba y el vibráfono soportan homofónicamente por intervalo de tercera esta intervención inicial intensificando la proyección de tinte industrial. Coincidentemente, estas particulares frecuencias fueron también inspiración para Ravel en su composición luego de su visita a la fábrica de Ford en Detroit.

Los casi cinco minutos de duración de Internet Symphony replantean la disposición de apreciar una obra monumental. El lapso de al menos media hora de música continua permite a la mente navegar entre la concentración y la divagación. Además, el término “sinfonía” ya condiciona orgánicamente al oyente. Por consiguiente, la obra me atrapó desprevenida en las transiciones de movimientos, dejando a mis oídos en estado de insaciedad. Pero esta desorientación se prolongó con la interpretación de Our Town de Aaron Copland. El cambio drástico del frenesí inicial a la escenografía en tonos pastel de la suite desafió nuevamente al capricho inconsciente de obtener dosis reguladas de adrenalina y apacibilidad. La orquesta se insertó justamente en el carácter casero que el compositor propone, con fraseos sostenidos, dinámicas controladas y finales reverberados, procurando una cálida siesta.

Caroline Shaw – Foto de Kait Moreno

Tanto en el sonido de la ciudad como en el de la campiña, es posible reconocer afinidades que operan desde una experiencia compartida como humanidad. Del mismo modo, al evocar el espacio sidéreo, emergen casi de forma automática armonías densas propulsadas por los metales y estelas de polvo que se esparcen en las cuerdas, mientras los timbales se aferran a un pulso pesante. Sí, ahora mismo estás pensando en Gustav Holst y John Williams, porque el cosmos es absoluto silencio. He aquí otro de los fundamentos en la propuesta del concierto: el papel del arte cinematográfico estadounidense en la construcción de imaginarios sonoros globales. The Observatory de Caroline Shaw exigió aún más a los intérpretes de la orquesta a agudizar su intuición, a articular la cantidad justa de intensidad y longitud. Los colores que emergen de la obra resultan, en gran medida, indescifrables, pero parecen evocar sistemas tecnológicos terrestres o en misión. Resulta asombroso cómo cada familia instrumental aporta los armónicos necesarios para la construcción de este entramado, lo que pone de relieve la maestría de la orquesta y su director en la ejecución de un código sonoro de exactitud casi digital.

Entre esta narrativa de la vida urbana y espacial hace presencia otro gran invitado en esta velada celebratoria: Clayton Stephenson, pianista neoyorquino. El Concierto para piano en Sol Mayor de Maurice Ravel es una libreta que recopila experiencias, pensamientos e ideas de una mente itinerante. Stephenson se sumergió en la lectura de cada página, alcanzando una simbiosis con el espíritu del francés. Durante la abstracción que me produjo la presencia escénica del solista, recordé la escena del duelo de la película La Leyenda del Pianista en el Océano, en la que el dominio del swing pasa a segundo plano y tanto las manos como el rostro se convierten en protagonistas. Parece que Ravel no solo quería sonar a blues o jazz, quería que el intérprete luciera jazzy! Los dedos de Stephenson se entrelazaban en una llamativa coreografía, alternándose con glissandi que balanceaban su cuerpo de un lado a otro. Del mismo modo, el piano asume por momentos un rol marcadamente “baterístico”; los patrones rítmicos repetitivos eclipsan su función armónica y lo sitúan en un plano eminentemente percusivo.

Maurice Ravel y George Gershwin en Nueva York durante una celebración de cumpleaños.

El público, estremecido, no dejaba de aplaudir, lo suficiente para finalmente obtener un bis en mis visitas al Schermerhorn. Stephenson encendió nuevamente las teclas con Tom & Jerry Show de Hiromi Uehara, robándonos el poco oxígeno remanente. Esta pieza fue un oportuno anticipo de la obra que cerró el programa, An American in Paris de George Gershwin. Uno de los primeros acercamientos de mi generación al sonido estadounidense fue el programa de televisión La Hora Warner. Por tanto, al escuchar esta obra, se sincronizan en la imaginación personajes y escenas de características familiares: el correteo del xilófono, los glissandi ondulantes en las flautas, el canto pastoril del corno inglés o los traviesos solos de violín. Estos gestos musicales se enmarcan generalmente en el estilo jazz o boogie-woogie, reafirmando una identidad nacional. Coincide así con la motivación de George Gershwin de mantener un perfume idiosincrático aun cuando se exploran terrenos extranjeros.

Dentro de la experiencia inmersiva de este concierto brotan reflexiones sobre causalidades que generalmente damos por sentadas. Este programa, además de revelar cómo la tecnología permite a los compositores impregnarse de realidades alternas y cómo el cine y el lenguaje sinfónico se enriquecen mutuamente, se proyecta también como un guiño profético. En la última década, la NASA ha experimentado con datos astronómicos obtenidos por sus telescopios para convertirlos en sonido, mientras que iniciativas como la YouTube Symphony Orchestra, y la serie de videos de Tan Dun dirigiendo cada una de las voces de su obra Internet Symphony, anticiparon dinámicas que se volverían indispensables durante la pandemia para que la música orquestal continuara resistiendo.



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