Birdie: Un viaje multimedia de la Agrupación Señor Serrano
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Los días 30 y 31 de enero de 2026, la Agrupación Señor Serrano presentó su icónica puesta en escena, Birdie, en el Oz Arts Nashville. Fundada en Barcelona en 2006 por Àlex Serrano, la compañía lleva una década presentando esta producción, la cual se estrenó originalmente en julio de 2016 en el GREC Festival de Barcelona y continúa resonando con fuerza en las experiencias humanas de cada generación. Como su nombre sugiere, Birdie utiliza la migración de las aves como punto de partida. Sin embargo, la obra va mucho más allá de la metáfora; aborda temas tan complejos y personales como los estragos de la guerra, el desplazamiento forzado y el colapso ambiental. Lo hace sin adoctrinar ni imponer bandos políticos, logrando una conexión genuina con el público a través de la honestidad de su mensaje.

Dos mundos en contraste
La compañía describe la esencia de la obra de la siguiente manera:
“Dos mundos en contraste. El relato se construye sobre dos espejismos. Por un lado, la crudeza de la guerra, las sequías, la explotación laboral y las deportaciones forzadas. Por el otro, un mundo aparentemente estable de supermercados llenos, libertades individuales y prosperidad. Pero esta supuesta certeza es contradictoria. Entre ambos mundos, miles de pájaros dibujan formas imposibles en el cielo en un movimiento incesante. Nada en el cosmos es estático; la quietud es una quimera y solo existe la transformación. Si es imposible detener un electrón, ¿qué sentido tiene poner vallas a las bandadas de pájaros”
Una experiencia híbrida y envolvente
Lo que hace a Birdie verdaderamente atrapante es su montaje híbrido. Combina la puesta en escena tradicional con performance en vivo, artes visuales, un diseño sonoro inmersivo y cinematografía en directo. Al romper la “cuarta pared”, el público presencia el “detras de escena” simultáneamente con la acción, convirtiéndose en testigo directo del esfuerzo creativo. Con maquetas, 2,000 animales en miniatura y una relectura de Los pájaros de Hitchcock, tres performers manejan este mundo embrollado con humor, sentido crítico y un profundo compromiso humano.
De la confusión al asombro

Al entrar al teatro en Nashville, la primera sensación fue de inmersión total: el sonido de pájaros llenaba la sala a través de las bocinas, preparándonos para una historia que ya se sentía en el aire. Sin embargo, al observar el escenario, confieso que me sentí confundida. El espacio y el equipo parecían limitados, casi modestos para la magnitud de los temas prometidos. A la izquierda, dos mesas sostenían maquetas y objetos cuyo detalle era imposible percibir desde la butaca. En una de ellas, una simple hoja azul aguardaba para transformarse en una pantalla verde capaz de fusionar recortes de revistas con filmografía en tiempo real. En el centro del suelo, destacaba la maqueta principal: un campo de golf con sus agujeros y relieves, cubierto por una fila interminable de animales en miniatura cuya colocación parecía un misterio. Al extremo derecho, una mesa larga con computadoras y una chica de espaldas con sudadera roja completaban este cuadro tecnológico. Era una puesta en escena cruda, donde el ‘detrás de escena’ estaba totalmente expuesto antes de iniciar.
Esa confusión inicial pronto se convirtió en asombro. Lo que desde mi asiento parecía un conjunto de objetos pequeños y desconectados, se transformó frente a mis ojos en un universo cinematográfico. Al encenderse la pantalla central, la magia ocurrió: las cámaras de los performers capturaban esas miniaturas y las proyectaban con una escala épica. Entendí entonces que esa ‘limitación’ del espacio era, en realidad, una herramienta narrativa poderosa. Ver el proceso físico —las manos moviendo recortes y animales sobre el campo de golf— mientras veía el resultado final en la pantalla, eliminó cualquier barrera entre el creador y el público. Fue un recordatorio de que no se necesitan grandes decorados para crear mundos inmensos; solo hace falta una visión audaz y una cámara que sepa dónde mirar.
Más allá de la tecnología
Más allá del despliegue tecnológico, la obra resuena en un nivel mucho más íntimo al confrontarnos con nuestro propio privilegio. Birdie nos presenta la migración como un problema que, a pesar de su magnitud y del dolor que causa a familias enteras, suele ser ignorado por quienes no nos sentimos directamente afectados. La puesta en escena captura magistralmente esa capacidad humana de ‘pasar la página’ ante la tragedia; lo vemos de forma literal al inicio, cuando ojeamos un periódico donde una noticia desgarradora sobre desplazados convive, con total frialdad, junto a secciones de celebridades y temas banales.

Esta desconexión se refuerza con el simbolismo del pájaro, un leitmotif que cambia de significado constantemente. Por un lado, vemos el viaje tormentoso del migrante, pero por otro, el ave aparece como un contraste cruel frente a los animales terrestres de la maqueta. Mientras los seres en tierra luchan desesperadamente por escapar de las calamidades, el ave puede simplemente volar sobre las vallas, evitando el fango y encontrando con facilidad un lugar al cual llamar hogar. Para mí, el mensaje no es una lección de moral, sino una pregunta incómoda sobre nuestra propia quietud: mientras el mundo está en un movimiento forzado y doloroso, nosotros observamos desde la comodidad de nuestra butaca —o de nuestro ‘mundo estable’ de supermercados llenos—, con el poder de elegir cuándo dejar de mirar.
